En Torreón, el economista Alejandro Dávila Flores advirtió que, si no se reduce rápido la dependencia de combustibles fósiles, “nos dirigimos a un suicidio colectivo”, una frase incómoda para una ciudad que aporta más de la mitad de los gases de efecto invernadero de la Comarca Lagunera de Coahuila y que ha pasado buena parte del año con mala calidad del aire, pese a contar en el papel con programas y planes climáticos que prometen justo lo contrario.
Dávila Flores, investigador del CISE de la UAdeC, retomó datos de la Agencia Internacional de Energía para recordar que alrededor del 80 % de la energía primaria mundial sigue viniendo de combustibles fósiles y que, en México, la proporción es aún mayor. Su alerta no se queda en la abstracción: habla de un modelo basado en carbón, petróleo y gas que ya está empujando el clima a un punto de no retorno y que exige cerrar gradualmente termoeléctricas y carboeléctricas, mientras se acelera la entrada de energías eólica y solar. La frase “suicidio colectivo” no es un llamado al dramatismo, sino una manera de poner en grande lo que ya se ve en chico en ciudades como Torreón: más calor, aire más sucio y riesgos de salud al alza.
En el frente local, el propio Ayuntamiento encargó al IMPLAN el Inventario Municipal de Emisiones de Gases y Compuestos de Efecto Invernadero. El documento —validado por el Pacto Global de Alcaldes por el Clima— estima que Torreón generó alrededor de 2.94 millones de toneladas de CO₂ equivalente en su año base, con el sector energía (electricidad, combustibles) y el transporte como principales fuentes, además de industria, residuos y procesos productivos. Esas cifras colocan al municipio como el mayor emisor de la Comarca Lagunera en Coahuila, algo que se entiende al ver su peso industrial y poblacional, pero que también obliga a preguntarse qué tanto se han convertido esos datos en políticas visibles y medibles para reducir emisiones.
El aire que se respira confirma que el problema no es teórico. Durante el primer semestre reciente, 54 % de los días en Torreón registraron calidad del aire “mala”, según el Índice de Aire y Salud de la Dirección de Medio Ambiente. A finales de año se han llegado a registrar episodios de aire “extremadamente malo”, con concentraciones de partículas que rebasan los límites recomendados para la salud pública. Y en febrero de este año, el monitoreo en el Centro Cultural José R. Mijares reportó picos de PM2.5 de 47 µg/m³, casi el doble del máximo sugerido para que la calidad del aire sea considerada segura. Traducido a lenguaje de calle: más crisis asmáticas, más irritación en ojos y garganta, más riesgo para niñas, niños y personas mayores.
En el papel no faltan instrumentos. Coahuila cuenta con un Programa de Gestión para Mejorar la Calidad del Aire (ProAire) 2017–2026, que incluye la Zona Metropolitana de la Laguna, y un Plan Estatal de Cambio Climático que plantea políticas de mitigación y adaptación. A nivel regional existe un ProAire específico para la Comarca Lagunera y el propio IMPLAN ha desarrollado inventarios y diagnósticos que reconocen la “emergencia climática” local. El punto ciego está en la traducción: la ciudadanía difícilmente ve un tablero claro que diga, por ejemplo, cuánto se piensa reducir en emisiones de transporte o industria en cinco años, cuántos días con aire “malo” se tolerarán al año o qué inversiones concretas se harán en arbolado, movilidad y reconversión energética.
Si la frase “suicidio colectivo” no quiere quedarse sólo como titular fuerte, hace falta que Torreón y la Laguna aterricen la emergencia en metas entendibles: reducción gradual de toneladas de CO₂ por sector, número de días con aire limpio al año, kilómetro a kilómetro de corredores verdes y ciclovías, reconversión de flotas de transporte público y verificación real de industrias. Un tablero público, con cortes trimestrales, donde se vean avances y rezagos, obligaría no sólo al Ayuntamiento y al estado, sino también a empresas, transportistas y ciudadanía a tomar posición: o se sigue respirando a crédito, o se empieza a pagar en serio la deuda ambiental.
Torreón no es la única ciudad que enfrenta el dilema entre crecer y respirar, pero sí es una de las pocas que ya tiene números finos sobre su huella de carbono y aun así vive la mitad del año con aire sucio. La advertencia de Dávila Flores apunta a la humanidad entera, pero en la Comarca Lagunera se traduce en una pregunta muy concreta: ¿cuándo veremos que esos inventarios, programas y planes se convierten en menos niños con crisis respiratorias, menos días en semáforo rojo y más árboles que postes? Mientras la respuesta siga siendo vaga, el riesgo es que, en vez de cambiar la historia, la región sólo se acostumbre a vivir con el ultimátum encendido.














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