En la semana guadalupana, Monclova volvió a hacer lo suyo: la 65ª Carrera Guadalupana reunió a más de dos mil corredores sobre Avenida Monterrey, con cierre en el Ave Fénix y una misa que le puso sello espiritual a la noche.
Se reportan 1,800 inscritos y rutas de 5 y 10 km, pero lo que empuja no es la competencia, es la manda.
Mientras tanto, en el país entero la devoción mostró tamaño nacional: se reportó una afluencia de ~13 millones en la Basílica (más de 10% del país).
Desde el Gobierno Federal se recordó estos días que Guadalupe es identidad y paz, más allá del credo: eso explica por qué, en Monclova, cada zancada se siente como petición posible.
Que la fe no cargue sola con todo—ruta segura, cierres claros, atención básica y un reporte final que cuide a la gente que cree.
La Guadalupana no es “evento”: es un acuerdo emocional de ciudad. Familias, clubes y gente que ni corre en el año se aparece porque hoy no se corre por medalla, se corre por alguien. Y eso, en tiempos fríos, calienta más que cualquier discurso.
La historia que lo resume todo es la de una promesa sostenida por 15 años: cuando la vida se puso al borde, la fe se volvió disciplina. Ahí está el punto fino: el milagro, para el creyente, no siempre es magia; a veces es aguantar, volver, cumplir… y seguir esperando con el pecho abierto.
Si esta tradición es capaz de reunir a miles con orden y sentido, ¿por qué el Estado y los municipios no pueden garantizar lo básico el resto del año? Banquetas rotas, alumbrado irregular, cruces inseguros: la fe mueve, sí… pero el gobierno administra lo que pisa la gente. (Y ahí no hay milagro que sustituya la obligación).
En eventos masivos, lo responsable es anticipar riesgos simples—extravíos, deshidratación, aglomeración, cruces viales—y comunicarlo bien. No se trata de burocracia: se trata de cuidar a las familias que llegan con la esperanza colgada del cuello.
Que esta carrera siga creciendo, pero con cuidado: un plan de ruta publicado con tiempo, puntos de apoyo visibles, y al cierre un reporte ciudadano breve (qué salió bien, qué no, qué se mejora). Así la tradición no solo emociona: se protege.
La fe, cuando es auténtica, no divide: junta. La pregunta incómoda es otra: ¿qué tanto está a la altura el gobierno “de todos los días” de una ciudadanía que sí cumple, sí corre y sí cree?














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