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La llegada de 44 bisontes americanos a la Reserva Ecológica El Santuario, en Cuatro Ciénegas, no es sólo una postal bonita: consolida a Coahuila como pieza clave en la recuperación de una especie casi extinta en el país y abre una nueva etapa de ecoturismo, ciencia y gestión del agua en pleno desierto chihuahuense.

Hace unos días, Fundación Pro Cuatrociénegas confirmó el arribo del primer grupo de 44 bisontes a El Santuario, un predio de 3,700 hectáreas diseñado para restaurar pastizales y ayudar a recargar los acuíferos que sostienen al famoso oasis de Cuatro Ciénegas. La escena de los animales recorriendo los pastos frente a las sierras no sólo emociona a la comunidad local; marca, en los hechos, el nacimiento de una nueva “manada de conservación” en el norte del país.

Esta llegada no arranca de cero. Desde 2009 se han reintroducido bisontes en México, primero en el Rancho El Uno, dentro de la Reserva de la Biosfera de Janos, Chihuahua, donde una manada creció de 23 a alrededor de 230 ejemplares en menos de una década. En 2019, 19 de esos animales fueron trasladados a la Reserva Natural El Carmen, en Maderas del Carmen, Coahuila, creando la segunda manada de conservación gracias a un esfuerzo coordinado entre la Conanp, Semarnat y organizaciones civiles. El Santuario en Cuatro Ciénegas se suma ahora a esa red, con apoyo técnico de instituciones federales y aliados privados, en línea con la política ambiental que en los últimos años ha apostado por restaurar el desierto, no sólo por explotarlo.

El papel del bisonte va mucho más allá del símbolo. Su pastoreo rompe costras del suelo, dispersa semillas, fertiliza con estiércol y mejora la infiltración de agua, lo que ayuda a regenerar pastizales y convierte a los suelos en sumideros de carbono, una de las formas más efectivas de mitigar el cambio climático. En un valle donde la conservación del agua es tema de supervivencia y no de discurso, cada centímetro de suelo sano cuenta. Cuatro Ciénegas ya es Área de Protección de Flora y Fauna y el humedal más importante de su ecorregión; esta manada llega a un territorio donde la federación ya opera reglamentos, cuotas de conservación y servicios ambientales muy específicos.

La otra cara de la historia es el riesgo. Hace apenas unos años, la caza de un bisonte en ranchos privados de Coahuila desató indignación nacional y abrió investigaciones por posible ecocidio, recordando que no basta con reintroducir la especie: hay que blindarla frente a la cacería furtiva y los negocios que la ven como “trofeo”. Si el bisonte vuelve a los mapas de Coahuila, también vuelve a la mira de quienes ven al desierto sólo como botín. Ahí es donde la coordinación entre federación, estado, municipios y propietarios privados se vuelve tan importante como los cercos del Santuario.

Para que el regreso del bisonte no se quede en foto viral, hace falta una hoja de ruta con nombre y apellido: Conanp y Semarnat, Gobierno de Coahuila, Ayuntamiento de Cuatro Ciénegas, Fundación Pro Cuatrociénegas y ejidos de la zona pueden pactar un plan público de manejo para El Santuario y su entorno: capacidad de carga de la manada, reglas claras para el ecoturismo, vigilancia contra la caza, monitoreo científico abierto y metas anuales de restauración de pastizales y recarga de acuíferos. La federación ya tiene los instrumentos; el reto es que los coahuilenses los hagan suyos y exijan tableros de resultados visibles.

Coahuila suele contarse a sí mismo desde la mina y el acero; hoy tiene la oportunidad de sumar al bisonte como parte de su identidad política y ambiental. La pregunta es si el estado va a tratar a esta manada como un lujo fotográfico o como un compromiso de largo plazo con el agua, el clima y las comunidades que viven del desierto.

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