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Ruta del Desierto cumple 25: Monclova, Cuatro Ciénegas y Candela quieren que el rugido biker se vuelva política turística

Con más de 800 motociclistas rodando entre Monclova y Cuatro Ciénegas, la Ruta del Desierto llegó este fin de semana a su 25ª edición, convertida en una de las concentraciones biker más grandes del norte de México y en el emblema de un corredor turístico que combina Pueblos Mágicos, paisajes áridos y hoteles llenos en la Región Centro–Desierto de Coahuila. La duda es si ese rugido ya se traduce en una política turística de largo plazo… o sigue siendo solo una gran fiesta de fin de semana.

La escena en Monclova lo dice todo: chalecos, cascos y cilindros alineados frente al Teatro de la Ciudad sobre el bulevar Pape, mientras clubes de distintos estados y del sur de Texas se concentran para arrancar la edición 25 de la Ruta. La organización y el Ayuntamiento hablan de participación histórica, con entre 700 y 1,000 motos inscritas para recorrer la carretera 57, el libramiento y la 30, con paradas en Lamadrid y meta en Cuatro Ciénegas, antes de volver a Monclova para conciertos, rifas y convivencias que se alargan todo el fin de semana.

Pero la Ruta del Desierto es algo más que un paseo biker: desde hace años se vende como una experiencia que une la ciudad industrial de Monclova con los atractivos naturales y enoturísticos de Cuatro Ciénegas y el entorno serrano de Candela, combinando dunas de yeso, pozas, ríos y gastronomía regional. Guías de turismo, portales especializados y material oficial de Coahuila Turismo la describen como un producto donde el visitante puede pasar de museos y plazas en Monclova a cabalgatas, senderismo, bici de montaña y veladas astronómicas en pleno desierto chihuahuense, con pernocta en Pueblos Mágicos.

En el papel, el proyecto forma parte de un corredor Centro–Desierto de hasta 13 municipios, reconocido incluso en lineamientos federales de programas como PRODERMAGICO y guías de financiamiento turístico, donde la Ruta del Desierto, Coahuila aparece junto a otros productos regionales. Esa etiqueta ha permitido bajar recursos para imagen urbana, parques públicos y promoción de Cuatro Ciénegas y su entorno, pero también ha dejado claro el reto: articular regulaciones, servicios y precios entre varios ayuntamientos, algo que documentos oficiales subrayan como condición para que el corredor funcione de verdad.

En la práctica, los números todavía se cuentan más por aproximaciones que por tableros abiertos. En campañas anteriores, promotores locales y medios han estimado que la Ruta puede atraer unos 5,000 turistas y generar una derrama de alrededor de 7.5 millones de pesos en un fin de semana para la Región Centro, mientras que eventos similares, como el rally Coahuila 1000, han dejado 50 millones en ocho municipios, de los cuales Monclova y su zona captaron cerca de 20 millones. Si se mira el conjunto, el mensaje es claro: el motor y el desierto pueden ser una mina económica, siempre que haya indicadores y reglas claras para repartir beneficios y no solo ruido.

Si la Ruta del Desierto ya aparece en documentos federales, cumple 25 años, llena hoteles y presume cientos de motos cruzando el desierto, el siguiente paso lógico es que tenga también una carta de navegación pública: metas de ocupación hotelera por municipio, porcentaje de gasto que se queda en negocios locales, número de guías y turoperadores involucrados, recorridos ambientalmente regulados y saldo de incidentes viales. Un tablero anual del corredor Centro–Desierto, con cortes trimestrales y responsabilidades claras entre Monclova, Cuatro Ciénegas, Candela y el resto de municipios, evitaría que todo dependa de la voluntad del alcalde en turno y ayudaría a que el evento se convierta en verdadera política de desarrollo regional, no solo en la foto obligada de cada noviembre.

Que el desierto se llene de motos, música y visitantes es una buena noticia para una región que por años ha cargado con historias de crisis industrial y migración. La Ruta del Desierto demuestra que el turismo deportivo y de naturaleza puede cambiar la conversación y poner a Monclova, Cuatro Ciénegas y Candela en el mapa por razones distintas al acero o la sequía.
La pregunta que queda para Coahuila es sencilla pero incómoda: ¿queremos seguir celebrando cada año “la rodada más grande del norte” sin saber con precisión cuánto deja y a quién, o nos animamos a exigir que este cuarto de siglo de historia biker se transforme en un proyecto medible, compartido y justo para todas las comunidades del corredor?

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