Durante la madrugada del sábado, Carlos Alberto Macías Guzmán, conocido sanador espiritual devoto del “Niño Fidencio”, fue agredido con machetes en la colonia Hipódromo de Monclova; fue trasladado al Hospital General Amparo Pape. Vecinos reportan que escucharon gritos y vieron cuando varios sujetos lo interceptaron. Este tipo de violencia resuena más allá del barrio: si en una ciudad intermedia ocurren ataques violentos contra figuras comunitarias, ¿qué tan vulnerables están quienes actúan en zonas rurales y pequeñas comunidades del estado?
El ataque se registró alrededor de la 1:00 h sobre la calle 12, entre avenidas 3 y 5. Testigos relataron que los agresores lo siguieron hasta que lo forcejearon y lo lesionaron en la cabeza y brazo izquierdo, posiblemente con machetes; algunas heridas fueron profundas. El lesionado ingresó consciente al Hospital General bajo observación médica, con pronóstico grave pero estable.
Autoridades locales abrieron una carpeta de investigación para localizar a los agresores. Hasta el cierre de esta versión no se reportan detenciones.
Se ha afirmado que el sanador era vigilado previamente y que denunció hostigamientos. Su labor como sanador espiritual le daba visibilidad pública, lo que algunos vecindarios consideran que pudo aumentar su riesgo. ¿Por qué alguien dedicado a brindar apoyo espiritual sería blanco de violencia?
Comparando con otros municipios del estado, Monclova ha registrado en meses recientes ataques a líderes comunitarios y agresiones callejeras que no siempre llegan a sentencias. En regiones carboníferas con menor vigilancia institucional, casos similares suelen quedar impunes y sin seguimiento constante.
Quienes conocen al sanador piden que la autoridad no lo trate como caso aislado sino con perspectiva de protección comunitaria, vigilancia oficial y seguimiento continuo. ¿Será que este episodio servirá como alerta para proteger a otros agentes locales ante la escalada de violencia?
La agresión contra un sanador espiritual no puede verse como anécdota; es un síntoma. Si un actor social reconocido es objeto de violencia en Monclova, el riesgo se amplía a comunidades pequeñas que carecen de respaldo. ¿Queremos un Coahuila donde la devoción y la fe se ejerzan con miedo, o uno donde se proteja a quienes sostienen el tejido social?














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