México arrancó el año con un sacudón: un sismo de magnitud 6.5 con epicentro en Guerrero interrumpió la mañanera y puso a prueba el protocolo federal. La presidenta Claudia Sheinbaum evacuó con calma, regresó en minutos y confirmó coordinación con autoridades locales, mientras el SSN ubicó el evento cerca de San Marcos y el SASMEX reportó 68 segundos de oportunidad en CDMX. La exigencia concreta hoy, para todo el país —incluido Coahuila— es simple: cortes verificables con hora, revisión prioritaria de inmuebles críticos y comunicación sin pánico.
La escena que define la mañana no fue el temblor, fue la respuesta: protocolo, evacuación y regreso para informar. Reuters describió una evacuación “calmada” y un retorno rápido; AP confirmó que la presidenta reanudó y sostuvo coordinación con autoridades mientras continuaban evaluaciones, incluyendo reportes de deslaves carreteros en Guerrero.
El dato técnico también cuenta historia: el SASMEX reportó 68 segundos de anticipación para CDMX. Ese margen no se improvisa; se construye con mantenimiento, sensores, pruebas y cultura ciudadana. Y cuando la presidenta insiste en datos verificados, no es frase: es la única forma de que el país no se gobierne por el “me dijeron”.
Que la coordinación federal se traduzca en estándar nacional: reportes por corte horario, dictámenes estructurales prioritarios (hospitales, escuelas, puentes), y un tablero público de incidencias atendidas. En Coahuila, aunque el epicentro sea lejos, la tarea es replicar esa disciplina: simulacros medibles, planes internos vigentes y canales de reporte claros.
Si nos preguntan a nosotros, esto es lo que da mucho de qué pensar: cuando tiembla, se ve quién manda con serenidad y quién entiende que la confianza se gana con reportes, no con ruido. Si hoy vimos protocolo y coordinación al más alto nivel, ¿por qué en tantos lugares la prevención sigue siendo “una hoja pegada en la pared”?














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