El anuncio del arribo de 210 elementos de la Secretaría de Marina a Coahuila —con 70 asignados a la Región Centro— abrió un choque raro: mientras la autoridad lo presenta como blindaje decembrino, el sector hotelero de Monclova lo rechaza por “innecesario” y por el efecto que puede provocar en la imagen de la ciudad. La pregunta de fondo no es si llega apoyo, sino cómo se comunica y cómo se mide, para que la seguridad no se vuelva rumor.
El argumento empresarial es directo: si Monclova está estable, un despliegue visible puede leerse como señal de alarma hacia visitantes, negocios y paisanos. En otras palabras: “no queremos que nos cuelguen un letrero de riesgo”. Esa postura, aunque discutible, revela algo importante: la seguridad también se construye con confianza y con mensajes claros, no solo con presencia.
Del lado institucional, el refuerzo se explica como un operativo de temporada para cubrir carreteras, brechas y zonas urbanas sin dejar huecos, dentro de un despliegue más amplio de coordinación entre corporaciones. Y ahí está el punto delicado: cuando se habla de “blindaje” sin entregar indicadores, la gente rellena el vacío con interpretación (y la interpretación, en diciembre, vuela).
Si el gobierno quiere que esto sume y no espante, tiene una salida elegante: publicar duración, objetivo operativo (qué delitos o riesgos busca bajar), zonas de cobertura, y un tablero semanal con resultados (tiempos de respuesta, quejas, detenciones relevantes, reducción de incidentes en tramos). Y, clave ciudadana: protocolos para que cualquier revisión sea identificable, legal y no invasiva, porque “seguridad” no puede traducirse en molestias o abusos.
Monclova no necesita pleito entre narrativa y patrulla: necesita certidumbre. Si todo está “bajo control”, que se note en datos; y si el refuerzo es preventivo, que se pruebe con metas y reportes. La pregunta que queda flotando es dura, pero justa: ¿quién rinde cuentas de la seguridad cuando el mensaje se vuelve más grande que los resultados?














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